Una de las preguntas que más se repiten cuando hablamos de las cuentas municipales es si el Ayuntamiento tiene dinero acumulado, por qué se ha ido acumulando y por qué no se gasta. Se trata de lo que denominamos el “Remanente de Tesorería para gastos generales”.

Ese dinero acumulado se configura no sólo con los fondos disponibles en cuentas bancarias, sino también sumando los ingresos pendientes de cobrar (o derechos reconocidos de cobro) y restando los gastos pendientes de pagar (obligaciones reconocidas de pago), con los ajustes contables correspondientes.

La razón por la cual el remanente se ha ido acumulando resulta de situaciones diversas, que tienen que ver con que se reciben más ingresos de los previstos, dificultades para ejecutar proyectos o una baja ejecución presupuestaria, que puede contribuir a aumentar el remanente al finalizar el ejercicio.

Pero lo realmente importante es que cuando existe remanente disponible contamos con una posibilidad de financiación extraordinaria que debemos utilizar con cierto criterio, y es en este tema donde me gustaría profundizar.

En mi opinión, considero razonable utilizar estos recursos para activar inversiones que mejoren el municipio: rehabilitar instalaciones, renovar equipamientos o recuperar espacios públicos. Pero incluso no sólo con esa finalidad, sino también para otro tipo de iniciativas, siempre finalistas y coyunturales, relacionadas con ayudas extraordinarias, en ámbitos como el social o el medioambiental, por ejemplo, o incluso activando nuevos y ambiciosos planes de empleo municipales.

La aprobación de un presupuesto municipal —y en Tacoronte llevamos tres consecutivos— tiene como objetivo poder trabajar con previsión, organizar una programación anual y distribuir los recursos atendiendo a prioridades, es decir, se trata de tomar decisiones sobre lo que debemos hacer y sobre el alcance de cada actuación.

Pero un presupuesto aprobado precisa luego de una ejecución acorde y ajustada, y siendo consciente de que son previsiones iniciales, es habitual realizar modificaciones presupuestarias (transferencias, suplementos, incorporaciones) durante el ejercicio, que permiten dar respuesta a nuevas situaciones, hechos sobrevenidos, nuevas obligaciones o corregir a través de ajustes, y que tienen el objetivo de optimizar la ejecución del presupuesto municipal durante el ejercicio.

Otras circunstancias que también surgen en la ejecución presupuestaria tienen que ver con cuestiones que no han sido atendidas convenientemente, como la falta de planificación, la improvisación, o la estimación de los recursos, y en este sentido se suple rápidamente y de manera totalmente normalizada, acudiendo al socorrido remanente de tesorería, máxime en estos tiempos en la que existe una excepción a determinadas consecuencias del incumplimiento de las reglas fiscales, disimulando así estas carencias.

Y es aquí donde tengo mis reservas, y es que el esfuerzo pierde todo el sentido si después se da por hecho que cualquier insuficiencia, sobre todo cuando se trata de gastos recurrentes y estructurales, se resuelve de esta forma, con los remanentes, sin ni siquiera una reflexión o una revisión de la motivación que dio lugar a esta situación, y cómo abordarlo en futuros ejercicios.

Y esto último, además del coste de oportunidad que supone (cada euro usado deja de estar disponible para otras necesidades en el municipio), también eleva las expectativas para el ejercicio siguiente, y así, el gasto extraordinario de un ejercicio termina convirtiéndose en la referencia del siguiente, pero sin la garantía de disponer de los recursos para poder abordarlos, echando por tierra principios como el de estabilidad y prudencia presupuestaria.

En definitiva, tenemos la fortuna de disponer de estos recursos acumulados, y esto nos da capacidad para actuar. Utilizarlo bien exige decidir qué merece financiarse una vez y qué podemos comprometernos a mantener cada año. 

Eduardo A. Dávila